Hace casi un año que nuestro país vive en la incertidumbre que ha traído consigo la pandemia del COVID-19. Durante todo ese tiempo, hemos visto cómo nuestras autoridades han hecho frente a una situación que cada vez se torna más incómoda. La población está cansada y no es para menos, pues lo cierto es que da la impresión de que no estábamos preparados mentalmente para los efectos de esta pandemia en el plano nacional y personal de cada ciudadano dominicano.
Tenemos un toque de queda que busca limitar la libertad de tránsito de la ciudadanía bajo el entendido de que ayuda a evitar la propagación del virus que hoy nos azota. La imposición del mismo está fundamentada en la misma Constitución —Artículo 266, numeral 6, inciso h— y la ley 21-18 de Estados de Excepción —Artículo 11, numeral 8—. Sin embargo, existe un gran problema: la ciudadanía está cada vez más cansada y muchas actuaciones de parte de nuestras autoridades solamente incrementan este sentir.
Hay localidades donde las autoridades —pareciera— no se atreven a entrar a cumplir con las funciones que de sí exigen estos tiempos tan difíciles, y es en esas mismas localidades donde hay ciudadanos que expresan su hastío ante una situación que, lamentablemente, da todos los indicios de empeorar. Desde la primera declaratoria de Estado de Emergencia en nuestro país ante esta pandemia, hemos visto cómo han ido variando las medidas: implementación de programas en beneficio de la ciudadanía, fortalecimiento de otros, variaciones en el toque de queda, etc.
Ante todo esto, el movimiento en contra de dicha medida cada vez es más grande. Esto se agudiza más cuando las autoridades no predican con el ejemplo. Si bien es cierto que es totalmente entendible que algunos tengan permiso y sus obligaciones les exijan transitar en el tiempo que —según el decreto en vigencia— no está particularmente permitido a quien no tenga algún permiso para hacerlo, no es menos cierto que las acciones de quienes se supone deben predicar con el ejemplo, complican más la incomprensión y el hastío generalizados con los que viene acarreando nuestra ciudadanía.
Desde bodas en pleno toque de queda —en franca violación al mismo y a la no aglomeración de personas—, vacaciones en plena pandemia del Director del Servicio Nacional de Salud, hasta la asistencia del Ministro de Salud Pública a un partido de la LIDOM cuando las puertas de los estadios permanecen cerradas a la ciudadanía que, se entiende, no deben contribuir a las aglomeraciones. Ante esto, destaca demasiado que personas como la Vicepresidenta —que dirige el Gabinete de Salud del Gobierno— y el Ministro de Salud Pública —que dice que fue solamente por si la serie de partidos finalizaba hacer entrega al equipo ganador— estén involucradas —de manera directa o indirecta— en acciones que van totalmente en contra a lo que se le está pidiendo a la ciudadanía. Esto se debe a que, por primera vez, en mucho tiempo, la ciudadanía ha visto restringidos algunos aspectos de su cotidianidad y en tiempos tan complejos y con tanto acceso al acontecer mundial, llama mucho la atención que en países desarrollados donde se ha visto esta actitud por alguno que otro funcionario, lo que sigue es una renuncia por el simple hecho de no predicar con el ejemplo en un momento de crisis no esperado.
No es una crítica dirigida —con exclusividad— a los ya mencionados simplemente, es que se trata también de que aún en estos tiempos difíciles donde claramente la pandemia ha venido a reiniciar —y por ahí mismo, con la misma intensidad, cambiar— nuestra cotidianidad, predicar con el ejemplo implicaría, de manera gigantesca, la forma más noble, humilde y firme que pueden dar nuestras autoridades a fin de que nuestra ciudadanía se eduque más al respecto.
Parecería parte de nuestra idiosincrasia, incluso, el ser antisistema, el cuestionar todo, el no acatar las medidas; pero aún así, la delicadeza que reviste los tiempos que estamos viviendo llama —de manera urgente— a un replanteamiento de parte de nuestras autoridades y de su accionar. Un replanteamiento que traiga consigo más educación de parte nuestra —la ciudadanía— hacia las medidas establecidas por nuestras autoridades; un replanteamiento que demuestre nuestra capacidad de adaptación guiados por buenos ejemplos.
Estamos ante un claro caso de líneas delgadas entre predicar con el ejemplo o simplemente hacer uso del poder. Hacer frente a esta pandemia no solamente es asunto de nuestras autoridades, es también asunto nuestro, pero lo antes mencionado -sin dudas- ayudaría muchísimo más a enviar un mensaje claro a la ciudadanía de que esto lo vencemos entre todos y que, predicando con el ejemplo —por más difícil que sea— es una acertada decisión ante un pueblo cuya idiosincrasia está pasando por una de sus más grandes pruebas, no solamente afectando nuestra salud y variando nuestra cotidianidad, sino también afectando nuestra economía y contribuyendo enormemente —y no necesariamente de manera positiva— a nuestra salud mental.